martes, 26 de marzo de 2013

Una "tragedia familiar" del pastor


















Había planeado pasar un domingo en familia. Cenar con los que más amo y disfrutar una buena película de esas que hace un buen tiempo vas postergando por la sencilla razón de que deseas verla con paciencia y en un ambiente bien cómodo. Todo estaba listo cuando de pronto sonó el celular. "Pastor, me gustaría que venga a la casa pues no estamos bien. Creo no poder soportar un minuto más en esta situación. Mi esposa y yo hemos discutido fuertemente y quisiéramos que Ud. nos ayude...". Trato de comprender la situación. Hace solo unos dos meses estoy en este distrito misionero y la verdad problemas de ese tipo son comunes (¿y dónde no lo son?). Me levanté muy preocupado pensando en cómo ayudarles, y de pronto pude ver la mirada tierna y amante de mi esposa para decirme: "¿No cenarás con nosotros?". Esa pregunta me despertó de mi "sueño" de problema recién comprado y no respondí con prontitud como siempre suelo hacerlo.

Ella me miró fijamente a los ojos para apretar los párpados  y respirar prolongadamente por unos segundos. Entendí que no le gustó la idea. Pude ver que todo lo que diría era con seguridad lo cierto. No podía argumentar nada, sabía que ella lo entendería, pero que a la vez lo entendería porque tiene que entenderlo. Quise abrazarla pero me quedé clavado al piso para tratar de hilar fino y hablar de modo que sino puedo darle solución a la situación, al menos que esto mengue y no crezca.

Tomé mi corbata y mientras le hacía un nudo adecuado al rededor de mi cuello finalmente dije: "se trata del anciano de la iglesia. Ellos no están bien y me han pedido urgente que pueda visitarlos. Creo que debo ir pronto, y lo que menos quiero es que te pongas mal tú también. Se tratan de vidas." No me dijo nada solo me miró para después decirme: "¿Y nosotros estamos bien?, ¿crees que necesitamos la visita de un pastor para hacerme entender que no puedo planificar nada con mi esposo sin que con frecuencia tengamos que "postergarlo" y a veces "suspenderlos"." No le dije nada. Salí de la casa y mientras caminaba con prontitud pensaba en las palabras tan ciertas que mi esposa decía.

Llegué a la casa de aquél hermano y estaban muy mal. La esposa estaba llorando sentada en el sillón de sala. Él hacía lo mismo en una silla del comedor. Cuando llegué ambos se sentaron en el sillón separados por una pared invisible. Mirando al suelo la esposa me dijo: "pastor, acá el líder de tu iglesia que tan admirado es por muchos. El esposo ideal para muchas mujeres. Y que para decepción de muchos y muchas hoy decidí desenmascarar". El esposo levantó la mirada y con sus manos fuertes se tapó la cara como cuando alguien falla un penal. 

La esposa arremetió contra su esposo con una serie de acusaciones y quejas sobre su forma de ver las cosas y su falta de tiempo para su familia por su excesivo amor por el trabajo. Cuando puso en tapete ese tema, sentí una cuchillada en mi corazón. ¿Estaba escuchando a mi esposa disfrazada de una dolida esposa de anciano? ¿ Acaso todas las mujeres se quejan de lo mismo? ¿Qué podía aconsejar a la pobre y frustrada mujer si yo también tenía una esposa que hace varios meses me insinuaba lo mismo?

La triste esposa del anciano me estaba contando su "tragedia familiar" sin saber que su pastor también vivía una similar "tragedia familiar" a causa de muchas "tragedias familiares". No sabía cómo reaccionar ante tal problema. Ella concluyó diciendo que su esposo le brinda mas tiempo a su trabajo y a la iglesia que a su familia. Ella reclamaba más tiempo de calidad para sus hijos. Dijo además que en momentos sentía una "rabia" a la iglesia porque le están robando a su esposo.

Mientras la mujer hacía una especie de catarsis en el diván de el "Dr. Heyssen", oraba mentalmente para no darle una respuesta que lejos de empeorar, mejore  la situación. Cuando finalmente concluyó, miré a mi amigo, el anciano, el líder de iglesia, y mi "colega en tribulaciones", mi "homólogo" y le dije: "¿Qué piensas de todo lo que dijo tu esposa?" El esposo solo atinó a decir con voz dudosa: "ella tiene razón. No tengo argumento alguno".

Sus declaraciones no parecían ser suyas sino mías. Sentí que era yo aquél varón de hombros encogidos y mirada resignada. Bueno-dije mirando al techo como buscando respuesta huida-creo que su problema no es un problema único. Es un problema común entre esposos que se aman y que simplemente no se han detenido a hacer algo sencillo: organizar la agenda y ser disciplinado para cumplirla.

Les hablé de que su problema es solo cuestión de tiempo e inversión de ello en prioridades, hablamos un poco sobre lo urgente y lo importante. Y finalmente les conté mi testimonio. Les dije que "su tragedia familiar" desencadenó también otra "tragedia familiar". Ellos me miraron sorprendidos. Les dije que por venir a auxiliarlos, mi esposa, la esposa del pastor también piensa como la esposa de mi anciano.

Les dije que si no hubiera venido, ellos se hubieran puesto muy mal, y mi esposa hubiera estado feliz porque hubiera cenado con ellos. Pero que por mi trabajo tuve que fallarles. Eso quiere decir que debo ser más disciplinado con mi agenda, y que debemos entender que no siempre lo urgente es lo más importante y que no siempre lo más importante es lo más urgente.

Oré por ellos y oré por mí aquella noche antes de salir de la casa de mi hermanos. Oramos para que Dios nos ayude a ser buenos esposos, a que la esposas entiendan que hay cosas que se tienen que atender pronto, otras que podemos delegar, y algunas que simplemente decir: "hoy no puedo, mañana...".

Es posible que no haya sido la mejor respuesta. Pero vi claramente en sus rostros cierta tranquilidad, se abrazaron y se comprometieron a luchar por pasar mejor tiempo juntos y a que si por cosas de la vida hay asuntos prontos, a tener paciencia pues se trata de vidas.

Lo mejor fue que ellos entendieron que primero Dios, luego la familia, la iglesia y el trabajo. Creo que esa visita fue una visita que me ayudó mucho. Al llegar a la casa conversé con mi esposa. Ella estaba más calmada y al verme me abrazó. Una lágrimas gruesas pronto abrieron su paso sobre mis polvorientas mejillas. Le dije a mi esposa, "nuestra tragedia, ayudó a otra tragedia". 

Desde hace varios meses mi esposa y yo armamos la agenda del mes. Juntos priorizamos y decidimos tiempo al tiempo. Y cuando se presentan asuntos de vida o muerte simplemente  con oración y un beso decimos: "vayamos a salvar otra tragedia".

Gracia Dios por tu amor y por una esposa tan linda, gracia por Charly, mi dulce inspiración terrenal.

Pr. Heyssen J. Cordero Maraví

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