jueves, 12 de septiembre de 2013

¿Amas lo que predicas?


El profesor trataba de captar nuestra atención pero no lo conseguía (siempre pensé que no era su don el enseñar). Algunos compañeros le habían apodado, "el profesor diazepam" por su gran capacidad de motivarnos a dormir), creo que la única clase que disfrutamos fue cuando trajo a un periodista local en donde compartió sus experiencias y nos enseñó a utilizar una cámara filmadora. No obstante, era uno de los profesores más queridos entre sus alumnos. Las razones eran sencillas: Era muy impuntual (podíamos llegar tarde y era probable que él aún no llegara),  constantemente se enfermaba (eso es lo que nos decían, pero no le creíamos porque lo habían visto muy "sanito" en un bar en un día de clases), y sobre todo todos aprobaban en su curso.

Ayer me acordé de él, fue él quien nos contó la tragedia que había sucedido en los Estados Unidos de Norteamérica. Las noticias estaban transmitiendo en vivo y en directo el ataque a las torres gemelas, y como él venía tarde a clases. Nos dijo: "Muchachos, ha ocurrido una tragedia en Estados Unidos. Lo están bombardeando como a hijos. Por eso me hice tarde. Es algo que ustedes debieran saber. Es por ello que vamos a suspender la clase preparada para hoy y vamos a reunirnos en grupos de cinco para analizar qué es lo que ocurrirá en adelante...". Profesor - le preguntó un alumno- ¿No sabemos mucho de lo que sucedió? ¿Cómo podemos hacer un ensayo sobre ese hecho si solo tenemos la información de su persona y creo que no es suficientemente detallado? Entonces dijo: "Pues bien, lo mejor que podemos hacer es ir a la cafetería del colegio y vemos las noticias...". Todos los alumnos dijeron: "Sí... Profe eres lo máximo... eres el mejor".

¿Qué será de aquél profesor? Lo recuerdo bien por sus acciones pero si me preguntas su nombre no sabría responderte. No me acuerdo el nombre del profesor "diazepam". Siempre buscaba algo para no hacer clases. Nos indicaba que debíamos reunirnos en grupos de trabajos para desarrollar el libro de clase y mientras él se sacaba los zapatos debajo de su pupitre y se disponía a leer sus periódicos (Libero y Ajá) en clases de comunicación. En realidad no los leía... los ojeaba y después de unos 10 minutos se dejaba caer profundamente en los "brazos de Morfeo" (como decía mi abuelito). Siempre pensé que era profesor simplemente por que era su único trabajo. Llegué a pensar que jamás quiso ser profesor. Imaginé en algún momento que le obligaron a dedicarse a la docencia. ¿Cómo puede alguien ser feliz haciendo lo que no le gusta? ¿Cómo puede alguien ser feliz dedicando su vida a una causa que no le apasiona? ¿Cómo puedo ser feliz si no amo a lo que me dedico?

¿Y qué de mí? ¿Amo la causa que predico? ¿ Amo hacer la obra que hago? ¿Me apasiona hacer lo que hago? Cuando era estudiante de enfermería en la Universidad Nacional de Ucayali en la ciudad de Pucallpa en el Perú, un día conocí el evangelio de Cristo. Me apasioné por Él, su causa y la magna misión. No quise esperar tiempo alguno. Decidí firmemente ser pastor y abandonar mi carrera en curso. Necesitaba un consejo. Fui a la oficina de un pastor y aquél pastor me aconsejó: "Si quieres ser pastor, tienes que amar la obra de Dios. Tienes que amar a las almas por las cuales Jesús murió a tal punto de entregar su vida en la cruz de calvario. Si no amas a Dios y a su obra... jamás serás un pastor feliz. ¿Y sabes cómo sabrás si amas o no a Dios y a su obra? Tienes que colportar. Tienes que colportar (vender libros cristianos con mensajes de esperanza) al menos una campaña  (tres meses a cuatro) y verás si te gusta o no la obra de Dios". Jamás olvidaré esas palabras, aquél pastor es ahora un pastor jubilado, el Pr. Gerardo Medina.

Cuando colporté, entendí las palabras de aquél sabio pastor. Entendí  a qué se refería "amar a Dios y a su obra". En realidad no son dos cosas separadas, son una sola. Una depende de la otra o es consecuencia de la otra. El que ama a Dios ama a su obra, y el que ama a la obra es porque ama a Dios. Lo primero es amar a Dios. Eso lo entendí en tan solo tres meses. Cuando finalizó mi campaña de colportaje, allí parado frente a un puente a la salida de la ciudad donde colporté (Tocache) dije: "Te amo Dios, te amo y creo que podré amar a tu obra...". Amar a Dios y a su obra es un asunto diario. No es un asunto de día o de fecha. Es cada día... todos los días.

Anoche visité una de mis iglesias más lejanas. Al ver a los hermanos tan sencillos, tan tiernos y abiertos a recibir el mensaje de Dios a través de Su Palabra, la Biblia, pude sentir que amo hacer lo que hago. Amo a las almas aún. Lo confieso. Tenía miedo de que ese amor se había enfriado. Alguien puede decir: "¿Cómo puede hablar así?". Soy tan humano como tú, soy tan sencillo y simple. El ritmo de vida es cruel. Estás preocupado con las actividades eclesiásticas y eso eso bueno, pero cuando te olvidas de que son personas las que son tu prioridad con mucha probabilidad puedes perder el foco de tu misión: Amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Eso es lo que el Pr. Gerardo Medina me dijo: "Ama a Dios y su obra". La obra de Dios es amar a mis prójimos. No amar un evento, las luces, el programa, buenos micrófonos, equipos multimedia, etc... Amar a las personas. 

Conocí a alguien que me dio lecciones grandes sobre amor al prójimo. Yo era departamental en la Misión del Oriente Peruano. Fui invitado a una campaña en una zona muy alejada de la ciudad. La mayoría de las personas son de la étnia shipiba. En las noches predicaba en la plaza del pueblo. En el día salía a visitar a las personas a sus casas, que eran muy distantes las unas de las otras. Yo tenía pereza por el calor, los mosquitos, zancudos... La alimentación no era buena, comidas regionales o de la zona... Me sentía incómodo por los servicios higiénicos que no eran mas que simples letrinas caceras y mal ciudades. Bañarse era un aventura. Teníamos que zambullirnos en las aguas turbias un desvío del río Ucayali. No entendía porqué le decían bañarse porque entré con ropas blancas y salieron cremas. Y mientras yo trataba de no mostrar mi incomodidad como un fiel misionero (aunque por dentro contaba los días para salir de ese lugar), podía ver sin embargo, al pastor que me invitó, tan feliz, tan contento. Su nombre era Aholiab Lozano Almanza, hijo de pastor. Uno de esos días le dije: "Tú sí que amas la obra que haces". Él me dijo: "Yo he nacido para ésto, ésta es mi vida. No me veo fuera de ellos". Mi corazón se conmovió a más. No lo demostré, pero nunca olvidé esas palabras. 

Acabo de volver de visitar a  tres familias de una de mis iglesias desde la madrugada (visitar es lo más hermoso del ministerio pero ese ese otro tema), y recordé a mi buen amigo Aholiab Lozano. Pero no se trata de él, sino de mi y de ti que lees ésta reflexión. Se trata de pisar tierra y recordar una vez más sino entender que jamás seremos felices haciendo la obra de alguien a quién no amamos. Si queremos ser exitosos (y hablo de éxito real, el éxito que viene como resultado de hacer las cosas como Dios quiere aunque los números no nos acompañen, aunque es muy difícil) tenemos que pedir cada día que Dios nos ayude a amarlo, amarlo fuertemente más que a todo y a todos.

Querido Padre Celestial. Tú me conoces. Tú sabes todo, pero no te conformas en saber sino que quieres intervenir en nuestras vidas ara cumplir tu propósito. Delante de tu pongo mi corazón, mi mente, mis fuerzas para recibirte, para amarte como nos dices que debemos amarte, y amándote como deseas, amaré a mi prójimo, amaré a Tu causa, amaré a tu iglesia... amaré las almas.

Pr. Heyssen J. Cordero Maraví

jueves, 5 de septiembre de 2013

Que sea hecho tu voluntad...


“Mirad cual amor nos ha dado el padre para ser llamados hijos de Dios” 1 Juan 3:1

Muchas veces  escuché decir que el amor de Dios solo se podría comparar al amor de una madre, no lo entendía a cabalidad hasta el día que fui madre. Creo que  cuando se es padre o madre nos es posible entender mejor el amor que Dios siente por nosotros.
Mi hija mayor llegó, como todos los hijos, como una bendición grande a nuestras vidas. No obstante se enfermaba constantemente y eso nos hacía llevarla constantemente al hospital, hasta inclusive con solo ocho meses estuvo hospitalizada tres días. Era terrible y doloroso ver a tu hija tan pequeña e indefensa sin entender lo que pasaba, pues a cada momento venían los doctores y enfermeras para tratarla, pero ella tenía horror por ellos.

Cuando tuvo nueve meses, después de dos semanas de haber salido de hospitalización, nuevamente empezó a tener una fiebre muy alta, le administré paracetamol  y no le bajaba la temperatura. Mi esposo no se encontraba en casa, estaba fuera de la ciudad  realizando una campaña. Yo estaba con mi suegra y mi bebé en casa, así que decidí llevarla de emergencia al hospital pues la fiebre no menguaba. Cuando llegamos, el médico al instante solicitó que se le pusiera  una inyección para bajarle la fiebre. Como se imaginarán mi niña lloró mucho, y el corazón “se me salía” pero me hacía la fuerte.
Dieron de alta a mi pequeña diciendo con  eso ya no le iba a subir la fiebre y que le diera sus medicamentos al día siguiente. No obstante, en casa, nuevamente le empezó la fiebre y toda la madrugada me la pasé cuidándola para que no se elevara su temperatura sin mucho éxito. Durante el día le subía y le bajaba la fiebre, y llegó la noche y fue igual. Veía muy mal a mi niña, y  sabía que si la llevaba al hospital le iban a hacer lo mismo. No podía soportar ver tan mal a mi hija.

Algo dentro de mí me decía que no la llevé. Nunca olvidaré esa noche, oré, lloré  y clamé al Señor toda la  noche y al final le dije: “Señor tú sabes cuánto amo a mi hija, pero sé que tú la amas más que yo. Por favor cúrala” y agregué algo que es difícil decir cuando se trata de alguien que realmente amas: “si es tu voluntad, cúrala,  sino Señor”.

Hasta el día de hoy  a mi pequeña no le ha vuelto a dar una fiebre tan alta como aquellas y no volvimos a un hospital. Allí pude entender que Dios nos ama mucho más de lo que nosotros podemos amar.

Lic. Charly  M. Ríos de Cordero 

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