domingo, 26 de junio de 2011

La despedida



Jamás imaginé que alejarme de casa sería tan doloroso. Sospecho que nada será igual en adelante, lo presiento.
Sentado en el asiento número 16 del bus, puedo ver a través de la ventana a los que más amo, mis padres y hermanos con lágrimas en los ojos, mirándome como tal vez nunca lo hicieron: Con tanta pena, imaginándose probablemente y sospechando que su menor hijo se marchaba y nada sería igual.
Puedo ver a mi padre, con mirada franca, como indolente por el orgullo varonil a leguas.
Recuerdo como si fuera ayer, el día en que decidí ser pastor. La noticia le cayó como un balde de agua fría a mi papá - ¡No seas ridículo…! – Me dijo- ¿Quieres que la gente se burle de mí por el resto de mi vida? ¿Qué dirá la familia al saber que un Fernandez[1] será pastor? ¿Quieres que la gente diga que comes de las ofrendas de los hermanitos? Por favor deja de hablar tonterías y no malogres mi almuerzo.
Yo deseaba ardientemente ser pastor adventista. Pensé que se pondría feliz cuando se enterara de mi sueño máximo. No fue así. No lo culpo. Es que su familia es típica de la sierra central, orgullosos por naturaleza.
El bus se aleja lentamente. Mi padre que hasta ahora se había mantenido como roble fuerte e incólume, se desploma en llanto. El que había reprimido sus sentimientos al ver a su primogénito partir, levanta su brazo e indica su muñeca, es el reloj que me regaló. Un día me dijo que cada vez que vea el reloj, recordara que a pesar de todo me amaba mucho, es sinónimo de despedida. ¡Qué triste despedida! Yo mismo que me había mantenido calmo, haciendo el esfuerzo de no llorar, no soporto ese cuadro dramático y rompo en llanto. El que ocupa el asiento 15 es un amigo, se agacha y con su brazo derecho toma mi hombro en muestra de apoyo.
El bus inició el viaje hacia la selva oriental del Perú. El lugar de destino: Tingo María.  Durante todo el viaje lloro, recordando mi vida como una película.
¡Qué triste son las despedidas! No se las deseo a nadie, al menos este tipo de despedida que me ha tocado vivir.
Esto me hace recordar a la despedida de Jesús y sus discípulos. Puedo imaginar a Jesús diciéndoles: “me voy”, los discípulos le dan la mano, lo abrazan y saben que no volverán a verlo en un buen tiempo. Triste cuadro. Pedro a lo lejos mira su amigo Jesús, y con voz entrecortada le dice: “Vuelve pronto Señor Jesús”. Al pedido se le suma Juan, Santiago, Mateo, y los otros.
Jesús dice: “He aquí yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo, Amén” (Mt. 28:20).
Esta noticia es hermosa. Sé que me alejo de mis seres amados. No sé a dónde voy, lo único que sé es que no estaré solo. Dios estará conmigo todos los días de mi vida. No sólo los sábados, sino todos los días.
Y aunque siempre llega el momento de partir y existan despedidas, habrá un día en el que todo esto acabará. Ya no habrá más despedidas. No habrá llanto, ni dolor (Apo. 21:4) por las despedidas, por nada. Y viviremos con Cristo y los que amamos por la eternidad.



Tingo María, 29 de noviembre del 2003



Por 
Pr. Heyssen J. Cordero Maraví



[1]Todos los nombres y lugares son ficticios para proteger la identidad de los personajes.

viernes, 3 de junio de 2011

Corazón mentiroso...

Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Jeremías 17:9
Amanece en Martinsville, en el interior del estado de Virginia. No hay sol; mejor dicho, sí lo hay, pero yo no lo puedo ver porque una neblina pesada no me permite visualizarlo. ¿Cómo podría no haber sol? El sol siem­pre está allí, en el mismo lugar; no cambia nunca. Pero, a veces, el clima es ingrato. Las condiciones atmosféricas parecen fieras atemorizantes: nubes negras, truenos y relámpagos envuelven la tierra; o una neblina densa, como la de hoy, lo deja todo sombrío.
Sentado frente a la computadora, miro a través de la ventana y, al con­templar el día triste y ceniciento, viene a mi mente el tema de este devocional. Hay días así en la vida: te levantas, miras por la ventana del alma… y no ves a Dios. Pero, Dios está allí, en el mismo lugar; más cerca de lo que puedes imaginar. Solo que las circunstancias son tan adversas que no puedes verlo. Y te sientes triste; con una tristeza que duele y se transforma en temor. Como si Dios te hubiese abandonado o no le prestara importancia a tu dolor.
¿Qué te puedo decir? Muchas veces, en mi vida, también hay días sin sol. Soy humano y, por más que busco a Dios, hay ocasiones en que me siento como andando en medio de la neblina. Pero, yo sé que Dios está allí, solo que quisiera verlo y tocarlo. Eso es parte de nuestra humanidad, ¿sabes? Solo creemos en las cosas que nuestros ojos ven y que nuestras manos tocan. Por eso, necesitas aprender a administrar tu humanidad; a convivir con ella sin darle mucho crédito cuando te hace pensar que estás solo.
En este momento, puede ser que tu vida esté envuelta en densa neblina. Tu humanidad puede hacerte sentir que Dios te abandonó. Pero, recuerda lo que un día advirtió Jeremías: “Engañoso es el corazón y perverso, ¿Quién lo entenderá?” Entonces, no le creas a tu corazón. ¡Cree en las promesas de Dios!
Cuando las cosas no salen como quieres; cuando todo te parece sombrío y el barco de tu vida parece naufragar, mira más allá de la tormenta. Por encima de las nubes, no solo brilla el sol, sino también Dios controla el uni­verso; y con toda seguridad está, también, en el control de tu vida.
Sal para la lucha de la vida hoy, pero recuerda: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”

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