miércoles, 11 de febrero de 2015

Un pastor ordenado...


Hace algunos años, un pastor ordenado (tenía un cargo importante en la misión) me trató mal. Con palabras duras, y muchas de ellas, fuera de lugar me lastimó en gran manera. No pensé que una boca que bendecía podía expresar tanta maldición. Por algún tiempo viví con rencor. Aunque días después me pidió perdón (imagino que después de su momento de ira y cólera se dio cuenta de lo grave que había actuado) y yo acepté, en realidad no lo hice. Ese día, al llegar a casa, lloré como pocas veces lo había hecho. No dije nada a nadie, ni a mi esposa. No quería que sepa cómo actuó un pastor ordenado. Yo era un pastor aspirante y debía supuestamente aprender de él. Después de llorar y orar a Dios para que me ayude a perdonarle y a no sentir rencor alguno con aquél pastor, le dije a Dios: "Señor, ayúdame a perdonar. Y si algún día, permites que yo sea ordenado, te pido que jamás pueda actuar como él con nadie. No quiero hacer llorar a nadie...".

Tiempo después, aquél pastor dejó de tener el cargo importante, yo fui cambiado a otro campo y nos encontramos en un desfile. Él estaba en un lugar muy lejos de la capital, estaba en una ciudad pequeña y su hija y esposa estaba muy mal de salud (me enteré por sus publicaciones en Facebook). Me miró con vergüenza. Fui y lo saludé: “Hola pastor…”. Ese día lo perdoné. Lo perdoné no por pena, como puedes imaginar. Lo perdoné porque entendí que somos humanos. Él y yo somos humanos. Le dije: “Pastor, aquél día que me pidió perdón, yo no lo perdoné. Y ahora le pido perdón por mentirle y decirle que sí. Yo viví mal hasta hoy. Que Dios nos ayude a ser pastores según Su corazón”. Me sentí bien y en paz.

Hace un sábado que soy un pastor ordenado al santo ministerio. Me impusieron las manos y oraron por mí. Ahora soy un pastor ordenado por la gracia de Dios, y fue en ese desfile que me encontré con aquél pastor ordenado que hace algunos años me trató mal. Estaba de vacaciones y lo vi sentado entre la multitud. A la salida de la ceremonia lo vi y avergonzado trató de esconderse de mi rostro. Fue ese día que lo saludé y le pedí perdón porque cuando un día me pidió perdón por haberme tratado mal, en realidad no lo hice.

El pastor ordenado al escuchar lo que le dije, solo dijo: “Yo he estado muy mal después de aquél día. Sabía que no me habías perdonado, porque cuando te pedí perdón, en realidad tampoco yo lo pedí de corazón. Y esa carga de consciencia lo tuve por tanto tiempo hasta hoy. Y sé que aunque recién fuiste ordenado como pastor, siempre fuiste un ungido de Jehová para Dios, y yo me atreví a hacerte daño… Tristemente, pero lo hice”. Nos abrazamos y él lloró.

La ordenación al ministerio es la conformación del llamado que Dios le hizo al hombre desde antes que naciera, y que la iglesia le da al misionero como parte de una orden eclesiástica. Aquél día cuando me impusieron las manos y oraron por mí, sentí lo misericordioso que es Dios conmigo, con un ser humano simple y débil. Algunas veces me dijeron “misionero” para ubicarme supuestamente. Yo no era pastor (aunque la iglesia siempre me llamó pastor como lo recomienda el Manual de Iglesia en la página 35), era misionero en cambio. No pedimos ser llamados pastores (aunque es lindo y emocionante), pero es la iglesia la que te llama pastor. Y te llama “pastor”, “mi pastor”, “nuestro pastor”, “pastorcito”, etc… Alabado sea Dios.

Ya soy pastor ordenado. Pero valgan verdades sigo siendo el mismo. Con un privilegio sí, pero con una más grande responsabilidad. No es que ahora tengo más poder y que puedo hacer milagros portentosos. Tal vez sí, tal vez no. Lo que sí es cierto es que quiero ponerme en las manos de Dios más que nunca.

Pr. Heyssen J. Cordero Maraví

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