lunes, 25 de febrero de 2013

Clarita, una anciana "histórica"

 
Hoy conocí a Clarita, una anciana de ochenta años. La visité más por presión que por iniciativa. Me dijeron: "Pastor, mi tía Clarita está muy mal. Por ello quisiera que venga lo más pronto posible". No es que me considere un tipo muy trabajador y que no tenga tiempo para visitar a los ancianos, pero a decir verdad mi agenda estaba recargada. Alisté mi Biblia, mi agenda y mi botellita de aceite de oliva para ungirla si fuera necesario.

Mientras me dirigía a la casa de aquella anciana, casi desconocida (pues solo la vi una vez, y en realidad tendría problemas de reconocer su rostro si me piden que la identifique en un grupo de ancianas), pensaba en el autobús, "tiene ochenta años. Creo que ya vivió mucho. No obstante debo animarla, leer un texto de la Biblia, cantar el himno favorito de la anciana hermana y si veo que el ambiente se presta y ella misma lo solicite, la ungiré. Que Dios haga su voluntad."

Cuando llegué a la casa de la longeva mujer, salió a recibirnos su sobrino (que es como su propio hijo) y me hizo pasar a la sala. Esperé algunos segundos y salió una mujer de canas blancas con manchas amarillentas. Una cara sonriente y sorprendida de la visita de un joven pastor (ese era yo). Su rostro me llenó de ternura al instante. Sus dientes incompletos se lucían ampliamente entre sus arrugados labios. ¡No puede ser...! ¡Ella está radiante! ¿No me habían dicho que estaba mal? ¿No estaba muy enferma? Miré a su sobrino, Víctor, quién me había llamado insistentemente y le dije: "Yo veo muy bien a tu tía". Él sonrió para después apretar sus párpados y respirar con sus hombros derrotados.

"Estaba muy mal pastor... pero cuando le dije que usted venía en unos minutos, ella se alegró y la esperó con tanta felicidad que hasta ahora no se le borra".
 
Para resumir la historia, aquella mujer de ocho décadas me emocionó contándome sus historias históricas (no tengo otra palabra para definir los hechos y acontecimientos que ella vivió). Estudiamos la Biblia, cantamos y oramos, pero ella estaba radiante, como si fuera una mujer de 20 años vestida con un traje de ocho décadas.
 
Fui a animar a una anciana enferma y salí animado. Pero ¿qué es lo que motiva a escribir esta reflexión del alma a este escritor aficionado? Entre varias cosas, el valor que debemos darle a los ancianos. Los ancianos son reliquias vivientes. Son libros y libros vivos que son muchas veces ignorados por los jóvenes porque creemos que todo lo sabemos o que en el internet sobra y basta. Hoy entendí que los ancianos tienen "historias históricas" que no están vertidas en el mundo del internet. Aquella longeva mujer, ni siquiera sabe lo que significa lo que los jóvenes usamos como si lo hubiéramos usado siempre.
 
Tú y yo seremos viejos algún día querido lector. Cada día escribimos en las páginas de la experiencia líneas con conocimiento rico y fino, algunos son para borrarlos y otros para resaltarlos, pero todos, al fin al cabo son parte de una historia que algún día servirán a los más jóvenes sin duda.
 
Pr. Heyssen J. Cordero Maraví

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